Con el avance del conflicto en Siria, el sistema internacional continúa reconfigurando sus procesos de interacción y permite repensar distintas eventualidades.

Los distintos intereses manifestados naturalmente generaron (y siguen generando) rispideces y preocupaciones de distinta índole. Rusia, un actor de peso en la cuestión, se ha hecho de algunas victorias en el tema, logrando moderar el conflicto, llevando al régimen de Al-Asad hacia una negociación; poniendo un freno al avance retórico norteamericano.

 

La situación actual es una continuidad en los hechos de aquellos escenarios que se erigieron como referencia. Es decir, una nación dividida, disputándose la legitimidad de su autoridad, puesta bajo la lupa por el resto del sistema internacional mientras los actores relevantes van analizando cómo se desenvuelve la situación.

 

                Sin embargo, en la continuidad del conflicto se han manifestado circunstancias que han redistribuido las cartas en la mesa de operaciones.  Con la opción agotada de una avanzada encabezada por los norteamericanos, las oportunidades proyectadas por aquellos que seguían sus pasos comenzaron a diluirse, y para algunos actores como Arabia Saudita, significó una pérdida considerable de margen de acción. Para Rusia esta situación puede convertir la victoria diplomática en un escenario de relatividad peligrosa.

               

Significa tanto para Arabia Saudita una resolución favorable a sus intereses en el escenario sirio, que buscaron negociar con Rusia una salida. Esa salida prometía grandes beneficios económicos (a costo de los existentes, con los sirios) en términos de infraestructura energética, pero sobretodo, una conquista territorial de los intereses rusos sobre Europa logrando reforzar su ya notable presencia y dominio energético allí.

 

Esta oferta obedece a diversas cuestiones. Por empezar, la situación siria, y cómo ésta se desenvolvía, parecía evidenciar un escenario de grandes réditos para los sauditas en la región, reforzando la posición de los salafistas en detrimento de los chiitas y los actores de peso relacionados a ellos, especialmente Irán.  Es decir, no sólo era una cuestión de geopolítica (racional), sino que se abordaba desde una condición identitaria cuyos preceptos dogmáticos dificultan las lecturas teóricas usuales.  Por otra parte, el accionar norteamericano, retrocediendo en la contienda y acercándose tibia y diplomáticamente a Irán sugieren una lectura aislacionista del reino saudí.  

               

Ante la negativa rusa, Arabia Saudita respondió con algunas actitudes sorpresivas; rechazando, por ejemplo, el asiento temporal en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas denunciando la pasividad de las potencias ante los distintos y tristes conflictos desatados, con énfasis en Siria. Los saudíes, que financian el conflicto, y lo avivan, no logran digerir la oportunidad perdida (No sería descabellado pensar que el uso, si lo hubo, de armas químicas fuera alentado desde el reino saudí).

               

Otra reacción inesperada fue la declaración abierta de revisión en la relación saudí con los norteamericanos. Arabia Saudita es el enclave principal de los norteamericanos en la región, y un acreedor considerable de su deuda. Rusia no puede descuidar tales señales. Más allá de los obvios intereses geopolíticos involucrados en la región, los saudíes también pueden reformularse como actores partícipes en la política doméstica; una variable que Putin busca conducir con mano de hierro.

 

Sobre esta última consideración me gustaría enfocarme. Hace tiempo que Rusia viene lidiando con la problemática islámica dentro de sus propios confines. La República de Daguestán y Chechenia (e Ingushetia) son dos enclaves de necesaria referencia para aproximarse a dicha cuestión. El Islam en estas regiones tiene grandes implicancias históricas, constituyéndose en el pasado como Imanatos que se enfrentaron al Imperio Ruso en el siglo XIX bajo las órdenes del tercer Imán Shamil y frente a los soviéticos bajo la conducción del cuarto Imán y antiguo naib (gobernador) Najm Ad-Din.  Como un guiño a la historia, el difunto líder checheno y gran protagonista de los últimos conflictos con Rusia fue otro Shamil, Shamil Besáyev. Las avanzadas islámicas en el Cáucaso buscan instaurar un régimen wahhabista; corriente islámica que nace del movimiento sunnita y tiene gran influencia en el gobierno… de Arabia Saudita.  La conexión de ambas variables decanta con naturalidad y el distanciamiento entre rusos y saudíes es un factor ineludible para seguir de cerca el conflicto sirio.

 

Desde la teoría existen algunas concepciones que pueden esgrimirse pero también, y con peligro, pueden instituirse. Tomando como referencia los trabajos de Alexander Wendt, se puede hacer una lectura constructivista respecto a los problemas que comienzan a develarse en el sistema internacional. Alexander Wendt entiende que “el carácter es determinado por las creencias y expectativas que tienen los Estados tiene sobre los demás, y éstas están constituidas principalmente por estructuras sociales antes que materiales”. En otras palabras, Wendt entiende que la anarquía del sistema, que para el realismo determina la relación agente-estructura, puede ser leída en diferentes términos reemplazando las posiciones de autoayuda y egoísmo por terminologías mucho más benévolas dentro de un marco teórico kanteano en detrimento de escenarios vigentes de tipo hobbesianos o lockeanos donde prima el conflicto como moneda de cambio.

 

No mucho tiempo atrás, con las heridas del ataque a las torres gemelas aun sangrando, la administración Bush, en palabras de la otrora Secretaria de Estado Madeleine Albright (ciudadana checa antes conocida como Marie Jane Korbelová) instaló un concepto nuevo en las relaciones internacionales para aglutinar aquellos estados promotores de los crímenes y el terrorismo internacional. El mundo se quedó con la denominación “Eje del Mal”; para la teoría, sin embargo, el concepto que primó fue “Rogue State” o estado gamberro/canalla/rebelde/descarriado. Wendt entiende que el factor fundamental de la política internacional es la distribución de ideas (más que de recursos o intereses). Así puede entenderse cómo el peso de los norteamericanos en el sistema internacional, y en la forma en que los analistas construyen sus pensamientos, ayudó también a que se instituyan categorías teóricas como “Failed States” (estados fallidos) para describir estados cuya gobernabilidad se veía amenazada seriamente. Estas denominaciones son parte vigente del léxico sobre los cuales se legisla o norma ciertos cursos de acción, tomando por ejemplo la OTAN en la constitución de su nuevo Concepto Estratégico aprobado en noviembre de 2010. Es decir, el mundo comienza a reificar los conceptos para construir sobre ellos logrando fortalecer, aun más, un sistema internacional definido alla Waltz, donde la seguridad y el “Peor Escenario” estructuran los procesos entre la estructura y sus agentes. Se impone en la construcción teórica una relación causal sobre una constitutiva.  Paradójicamente dicha construcción se da dentro de instancias de seguridad colectiva propias de un sistema kanteano. La reificación tiene un asidero teórico en la obra de Berger y Luckmann: “…La aprehensión de los productos de actividad humana como si fuesen algo diferente que productos humanos (…) el hombre es capaz de olvidar su propia autoría”

 

Siguiendo la línea de pensamiento, pensando una Arabia Saudita acorralada o agotada en recursos dentro de su margen de acción, no puede descuidarse la posibilidad de que el sistema internacional, especialmente Rusia, comience a pensar a los saudíes como un rogue state. Las  variables preestablecidas ayudan a pensar que en un futuro cercano las condiciones estarán dadas para ello. Dentro de la categorización de Wendt, Arabia Saudita podría estar leyéndose a sí misma en términos de un estado revisionista. Una aproximación holística, en concordancia con los trabajos de Wendt, pueden ayudar a evitar una escalada en el conflicto sirio con el agravante de una atomización del mismo.