La asunción de Poroshenko como autoridad ucraniana supondría un escenario de menor incertidumbre

(pero poco claro al fin y al cabo); lo que garantizaría una relectura de los actores sobre sus cursos de acción. En términos de la teoría realista, es un gran avance para afianzar el balance de poder. Ahora bien, la teoría realista es una gran oportunidad per se para leer las aspiraciones y las posiciones vigentes de los actores pertinentes y las propias contradicciones de la teoría.

Lo que hace especial al presente conflicto es que, entre otras cosas, desnuda las antinomias propias del debate globalista. Aquel que busca superar la entidad estatal para elevar supranacionalmente a la sociedad civil redefiniéndola como la comunidad global. Si algo pone de manifiesto un conflicto en nuestro planeta es la importancia de las identidades, y hago hincapié en la importancia del papel étnico de las mismas. Ya sabemos que en Ucrania se han evidenciado dos claros bandos que reafirman su identidad a partir de sus orígenes y sus proyectos: los pro ucranianos y los pro rusos.  Pero este conflicto aporta también, o mejor dicho, trae de vuelta, como rasgo atávico de la propia sociedad humana, la importancia de conceptos como la diáspora.

El riesgo de todo conflicto es el temor de la externalidad, de la pérdida de control. El temor a que el foco se despliegue desde un punto focal para convertirse en un área. De pasar de un conflicto local, a uno regional, a uno internacional. Y la diáspora es un elemento, un factor decisivo cuando nos concentramos en fenómenos europeos. Europa es un punto convergente en sí mismo. Sufre en sí misma los desplazamientos de los movimientos migratorios africanos, los desplazamientos de masas propias de los desequilibrios económicos (pongamos por caso los rumanos), y aquellos surgidos a partir del rediseño del sistema internacional, ya sea por guerras como por el colapso de sistemas unificadores, entiéndase la caída de la Unión Soviética. Rusia, naturalmente, está presa de esta condicionalidad. Así como existe el ejemplo ucraniano, el temor de un recrudecimiento de esta fenomenología se extiende geográficamente. Así nos encontramos con ejemplos como el de Transnistria en Moldavia como el de aquellos en Osetia del Sur[1].  Pero Rusia no es el único Estado involucrado por su diáspora. La comunidad magiar dentro de Ucrania ya ha empezado a mellar sobre las relaciones bilaterales (Húngaras-ucranianas)[2] y agrava aun más la situación. El conflicto se atomiza cada vez más.

Estas búsquedas y aspiraciones ya nos ponen de manifiesto las primeras falencias de la teoría realista al reducir al Estado como actor único e indisoluble. Las fuerzas dentro del Estado, también importan. Y la diáspora, dotada e imbuida de poder, ya sea por motivaciones inherentes a su condición, o por factores exógenos (un líder carismático, por ejemplo), refuerza el peligro de condiciones centrífugas y el debilitamiento del orden dentro del Estado. A tal punto que ponen en peligro y hasta en jaque la soberanía del mismo.  Pensemos no sólo en los ejemplos europeos, los Balcanes como caso cercano más paradigmático, sino en el ejemplo colombiano y más próximo en el tiempo, el caso mexicano.

La teoría realista clásica nos aporta algunos conceptos sobre el liderazgo y la lectura del poder y su distribución dentro del sistema internacional. En el caso de Vladimir Putin, y por las características propias del pueblo ruso, podemos identificar su caso como el del líder Ideológico, aquel que piensa en términos morales pero actúa en términos de poder. Y pocas veces, si es que alguna vez lo ha hecho, se ha movido de ese eje. Por el contrario, Obama se ha constituido más de una vez en un líder Moralista. En términos de Hans Morgenthau, el más peligroso de todos porque imbuye de moralidad (o amoralidad) aun los actos ajenos. Esta distinción ayuda y mucho a explicar los constantes distanciamientos en materia de política exterior entre Rusia y los Estados Unidos.

Putin ha sido claro recientemente sobre los pilares del poder ruso, y habló de la faceta cultural[3]; de la identidad rusa como factor de poder. Tan importante como las variables materiales del mismo, defensa y economía (las variables protagonistas de la lectura realista del poder). Estados Unidos tiene una lectura similar. Aun cuando las variables materiales son el sustento de su poder, la motivación detrás de la misma se ha apoyado en factores ideológicos. Primero en el destino manifiesto, y luego y hasta hoy, la democracia como sistema propio de la identidad norteamericana. Paradójicamente el balance de poder da un cruce de las lecturas de la teoría realista. Quien tiene una lectura cercana al neorrealismo es Rusia, y es Estados Unidos quien entiende el mundo desde una lectura más clásica, con la variación de que no es un estadista quien administra las posturas y los cursos de acción para conseguir o alcanzar el equilibrio de poder, sino el Estado mismo porque se entiende a sí mismo como tutor del sistema internacional. Esto va en detrimento de la postura neorrealista que la estructura restringe y condiciona a los actores. Y es esa distancia ontológica, el qué se pone en juego, lo que recrudece el distanciamiento y polariza a los actores. Lo que logra es un escenario poco común o poco cubierto desde la teoría. Porque el debate entre la bipolaridad y la multipolaridad se confunde en un juego de capas: Con la caída de la Unión Soviética se preveía un escenario unipolar que diera paso a uno multipolar (sustentado en el crecimiento de China y la recuperación de los actores europeos, y Rusia) en el mejor de los casos (el más benigno de ellos, ya que la unipolaridad está mal vista para cualquier escuela de las teorías). Pero lo que se está viendo es un retorno a la bipolaridad, porque si bien los actores no son dos, sí lo son los bloques. Dos entendimientos del mundo muy disímiles. Y se ha trazado un límite muy claro para el poder norteamericano. Pero cada bloque presenta características diferentes. Dentro del bloque atlántico la distribución de poder es clara e ineficaz: un líder que arrastra al bloque; en el bloque euroasiático en cambio son dos pilares mutuamente necesitados, y que por los movimientos desplegados buscan el balancing frente al, hoy ya claro, exhegemón. Por el contrario, dentro del bloque atlántico el peligro de bandwagoning (de forjar una alianza revisionista con alguien más fuerte, en el otro bando) es real. Como se vislumbra, la complejidad del sistema internacional no puede remitirse a la capacidad y las acciones de las potencias únicamente. La institucionalización del mismo sistema internacional comulgó en múltiples aspectos a los estados involucrados, y los ejercicios de balance de poder, que tanto preocupan a la teoría realista, se han visto trastocados. Es por eso que la percepción de dicho ejercicio gana en importancia y la teorización de autores como Glaser debe tomarse en consideración.

Retomando el conflicto ucraniano. La llegada de Poroshenko dejó sentadas algunas cosas: a) Rusia respetó la investidura consagrada, es decir, tomó al estado Ucraniano como válido. b) la Duma rusa no ve con buenos ojos el futuro para las relaciones bilaterales; c) Poroshenko recrudeció las posturas preexistentes a su ascenso al poder, d) lejos de aminorar, las posiciones dentro de Ucrania se radicalizaron. e) Europa, en última instancia, es la que pagará el costo, d) hasta la renovación del parlamento, las posturas de Svoboda seguirán teniendo peso, aun cuando en las elecciones la ultraderecha no llegó al 2% de los votos (lo que habla y mucho de la legitimidad de Kiev).

Ante tal escenario, el desafió ruso debe concentrarse en enmarcar la discusión endógena: el problema es de Ucrania, no es un problema bilateral. Será vital llegar a las elecciones parlamentarias disminuyendo la violencia entre este y oeste en el territorio ucraniano para evitar el recrudecimiento del conflicto. Por otra parte, debe aislar de la discusión a la península de Crimea ya que Poroshenko ya ha manifestado que dicha península es, fue y será ucraniana. Lo cual evidencia que no es un asunto zanjado. Rusia manifestó que no impedirá un acuerdo con la Unión Europea porque reconoce ese acto como una acción soberana, pero ese acuerdo sólo debe enmarcarse en términos económicos porque un acercamiento hacia otra institucionalidad, como la OTAN, sí representaría un límite innegociable. Tal cual las cosas, es menester para la política exterior rusa proteger la voz de los actores en el oriente ucraniano bajo la condición de proteger intereses étnicos. Si Poroshenko profundiza la avanzada y logra aplacar dichas voces, el riesgo de una expansión de la OTAN es sumamente grande.

Bibliografía:

  • Randall Schweller. "Bandwagoning for Profit: Bringing the Revisionist State Back in", International Security (1994)
  • Randall Schweller. "Tripolarity and the Second World War", International Studies Quarterly (1993) 
  • Thomas J. Christensen y Jack Snyder. “Chain gangs and Passed Bucks: predicting Alliance Patterns in Multipolarity, International Organization. Vol 44, No 2 (1990)
  • Kenneth Waltz. “Theory of International Politics”. McGraw Hill. New York. (1979)
  • Hans Morgenthau. “Politics Among Nations.The Struggle for Power and Peace” New York (1948)
  • Charles L. Glaser. “The Security Dilemma Revisited”. in World Politics, Vol. 50, No. 1  (1997)