Uno de los mayores problemas, sino el mayor, que afronta el estudio de las Relaciones Internacionales se da cuando nuestro objeto de estudio se convierte en un sujeto de estudio.

Las ciencias sociales confrontan con esa debilidad metodológica diariamente pero nuestro campo de estudio nos exige trascender un poco más allá de la subjetividad y esquematizar los procesos e interacciones que los distintos actores toman como curso de acción. De lo contrario caeríamos en un estudio antropológico, es así de sencillo.

 

El accionar de lo que denominamos terrorismo no se ajusta a los procesos establecidos dentro de la regularidad; es por eso que estos actores, en la terminología de Esther Barbé, llevan el nombre de actores ilegítimos. Están exentos de las reglas bajo las cuales los Estados y otros actores se estructuran. Pero, si algo confirma la reacción de los distintos actores, es que la configuración periférica de unidades que se leían menores por su ilegitimidad comienza a desdibujarse.

 

La primera observación que me gustaría realizar es que, efectivamente, actos, hechos, como los acontecidos desnudan características poco felices para quienes escribimos sobre la realidad social del Hombre. Por empezar, nos enfrenta sin filtros con la condición humana, el laberinto más grande que científicamente podemos abordar. No podemos sencillamente enmascarar los actos como productos o subproductos de procesos precedentes. Eso sería mentirnos a nosotros mismos buscando una salida fácil; tratando de simplificar el asunto. Si buscamos atar los sucesos a una lógica de acción/reacción estaremos buscando aliarnos de una subjetividad temporal, lo que metodológicamente ya nos encadenaría. Cuestionamientos  como “¿quién tiro la primera piedra?” son preguntas semánticas, conocidamentesemánticas.

 

La  segunda observación es la geografía de la realidad internacional. Lo que la actualidad cada vez más nos aclara son las fallas tectónicas de la realidad. La realidad internacional podría describirse como los acontecimientos y procesos por los cuales las unidades políticas se estructuran y dirimen sus intereses. Estos procesos tienen una cara visible, una superficie, los regímenes internacionales bajo los cuales se configuran y reglamentan los comportamientos de las unidades. Pero por debajo se acomodan las tendencias históricas más grandes y longevas que funcionan como pilares de nuestras relaciones. Uno de estos pilares es la Religión; que no tiene cabida en la configuración “base” de agentes de la realidad internacional. Nosotros hablamos de estados, organizaciones, empresas. Todos colectivos sociales modernos. Como campo de estudio hemos construido un edificio eminentemente moderno. Es por eso que el mainstream de nuestros estudios queda superado, porque la materialidad de la realidad impuesta desde el siglo XIX sedujo mucho más que la lenta pero longevísima estructura de las ideas. El estudio del Poder prevaleció sobre qué o quién lo ganaba, reproducía o administraba. La economía, la alta política y la militarización de las mismas se erigen entonces, desde la actual visión del mundo, como los motores de las interacciones en el plano internacional.

 

¿Puede explicar la economía, la alta política o la militarización de éstas el comportamiento de agentes notoriamente desestimados por nuestras ciencias sociales? No puede. Porque la base por la cual se construyó y se construye el estudio de la realidad internacional se ha economizado, en tanto y en cuanto se procede a analizar desde la racionalidad. Elaboramos teoría para un sujeto con un manual. El límite es inevitable. Matematizar la conducta humana no solo es inconducente sino que es estúpido.

 

La tercera observación es consecuente de la anterior. Las grietas, las fallas de este campo subterráneo de la realidad, se agitan por el colapso de identidades. La identidad es un constructo social. En materia de relaciones internacionales esta fenomenología se extiende desde lo individual a lo colectivo. Y la identidad, si algo ha demostrado la historia de nuestra especie, es que tiene un punto de quiebre en su flexibilidad.  No existió, existe ni existirá unapangea social. Reproducimos un fenómeno biológico; la división celular. No nos unimos, nos separamos y reagrupamos: creamos subsistemas. Entender esto es comprender que las capas de identidad finalmente se quiebran: europeos, judeocristianos, occidentales, civilizados…

 

El fenómeno del Islam moderno logró algo impensado hace algunos años; retornamos a un eurocentrismo. No necesariamente porque el Poder pase por esos lares, sino porque el objeto de estudio pasa por ahí: el ser humano como tal. El paciente crecimiento del Islam en Europa puso de frente distintos subsistemas que bajo la racionalidad occidental se creyó posible de asimilar. Se creyó que una burbuja absorbería a la otra de manera natural, replicando procesos migratorios anteriores. Procesos migratorios que replicaban identidades de colectivos modernos. Los que migraban eran ciudadanos de estados perimetrales. De colectivos sociales modernos. Lo que hoy colapsa son dos subsistemas de raíces completamente distintas. No son lo mismo y nunca lo serán. Se entienden a sí mismos distintos y orgullosamente, inclaudicables.

 

La problemática del terrorismo tiene también matices encapsulados en la territorialidad. Por un lado tenemos la lectura global que equipara al tutor del sistema, los Estados Unidos, con las distintas manifestaciones armadas del Islam que operan bajo numerosas denominaciones en múltiples teatros de operaciones, producto de la externalidad norteamericana. Lo que nos han planteado como “La Guerra contra el Terror” (War on Terror) es el paradigma bajo el cual se ha naturalizado esta fenomenología. Pero lo que hoy entendemos como terrorismo se reproduce focalmente en otras latitudes con otras aristas, y desde otros tiempos. Y la multiplicidad de capas y puntos focales en las que se reproducen estas circunstancias hacen imposible de abordar a los agentes tradicionales del sistema internacional. Más aún si el supuesto órgano rector (la ONU) es un escenario de gatopardismo explicito,  reestructuración temporal del consejo de seguridad mediante. Esto es, rotar los miembros secundarios en pos de abrir la discusión de los asuntos centrales del sistema.   

 

La problemática también presenta dificultades según su condición. Así pues, dentro del apartado islámico se reproduce un cisma endógeno entre lecturas coránicas que se traducen en nuevos campos de batalla. Expresión de esto fue la célebre Primavera Árabe. Se creyó que el cambio en una variable, la administración política del poder, permitía la reorganización de la sociedad. El problema fue, y sigue siendo, que las lecturas societarias se ven desde un prisma específico: el nuestro. Proyectamos características únicas sobre todos los campos de estudio creyendo que todos somos iguales, o al menos que nos organizamos de la misma forma.  Absurdo.

 

Esa endogeneidad se externaliza, se centrifuga y se convierte en una característica exógena de los estados islámicos. Por eso se acumulan capa  tras capa de diferencias e intereses que complejizan la situación, y en algunos casos paradójicamente la retrasan (Siria por caso). Los Emiratos, los Saudíes, Qatar, Irán, se han convertido en agentes desplegables. Son Estados con capacidad de estiramiento (mediante mercenarios) allí donde la discusión endógena tenga lugar. Y esa discusión es, y debe ser (en pos de ordenar el sistema), arbitrada por los actores del sistema.       

 

Se verá en el tiempo cómo los actores legítimos del sistema deciden abordar este tema. Difícilmente puedan atacarlo desde una institucionalidad supranacional por las mismas características de aquellos a los que enfrentan. A su vez, habrá que ver si se aceptan licencias para elaborar una respuesta y si esas licencias se verán liberadas de juicios sobre asimetrías. Algo que hasta hoy no ha sucedido. Esto responde a que los ejercicios de poder sobre la superficie continúan vigentes y todo espacio no ocupado de poder debe ser ocupado. Pese a quien le pese, en la superficie la doctrina de los juegos de suma 0 continúan imperando en la realidad internacional. Los rasgos de cooperación siguen constituyéndose como medios para fines ulteriores de mediano alcance.