Con el comienzo de los bombardeos rusos en Siria se ha iniciado una nueva fase en el conflicto regional. Esto supone una escalada en el disputa retórica y mediática que desde hace tiempo enfrenta a la Federación Rusa con los Estados Unidos.

Dicha escalada también supone desnudar un poco la configuración de perfiles que hace un tiempo se esbozaban y que hoy son realidad: La Federación Rusa ya se ha establecido como una potencia que habla cara a cara con el tutor del sistema internacional y que no corre detrás de los acontecimientos. Es decir, vuelve a retomar el espacio perdido. Si bien ya existían signos claro de ello, para la opinión pública el eje sino-norteamericano dominaba las discusiones y los análisis. Ello obedece a cuestiones concernientes a la naturaleza instalada de los discursos. Quiero decir, con un mundo globalizado y pendiente constantemente de las relaciones económicas interdependientes, la situación de China ameritaba una atención especial que venía siendo cimentada en los superávits largamente anunciados y en la modificación de sus partidas presupuestarias de defensa así como los ajustes en su doctrina militar. En síntesis, era un actor levantando su voz en un mundo poco acostumbrado a escuchar a un solo actor. Era inevitable que aquellos actores internacionales que levantaran su perfil se erijan como nuevos competidores para resignificar la estrategia norteamericana en pos de establecer nuevos espacios de poder y rediseñar su doctrina de defensa.


Con el conflicto en Ucrania sin escenarios previsibles en un futuro cercano, los ojos del mundo comienzan a hacerse de la idea de este renovado protagonismo ruso en la escena internacional. La presencia y el discurso de Vladimir Putin ante la Asamblea General de las Naciones Unidas han consolidado esta nueva realidad en la que Rusia es un actor ineludible en los destinos del sistema internacional.


¿A que obedece la iniciativa rusa? Los bombardeos rusos parecen responder más a la persecución de un restablecimiento del status quo institucional que a una avanzada en pos de asegurar nuevos recursos materiales de poder. La figura de Al Assad, su rol (no necesariamente su persona) es lo que se intenta salvar. Ya en 2012*, Rusia había presentado un plan de paz para realizar la transición y dar una salida decorosa a Al Assad. La necesidad de un actor legitimo, un Estado, que pueda sostener los regímenes internacionales establecidos, eso es el objetivo. Por supuesto que en el medio de toda la disputa se esconden intereses atávicos, como la continuación de las relaciones comerciales y la consolidación del puerto Tartus como puesto de avanzada (Rusia no es adalid ni lucha por el derecho internacional, claro está).
Pero una cosa trae la otra; el caos y la incertidumbre respecto del vacío de poder deja a las potencias en una situación sumamente incómoda a sabiendas que deben tomar un papel protagónico puesto que el conflicto en Siria ya se ha constituido como una tragedia humanitaria con la opinión pública global demandando una solución, especialmente con la crisis de refugiados llenando la primera plana de los diarios del mundo.
¿Por qué interviene Rusia? Más allá de lo anteriormente descripto, Siria se ha manifestado como una oportunidad; un espacio a llenar para consolidar la figura del Estado ruso como actor relevante, decisor e ineludible. Está haciéndose de margen y está creando varios dolores de cabeza a los think tanks norteamericanos que visualizaban un escenario pacífico, y no precisamente por el término “paz” sino por el océano; y a la propia administración Obama ya que ha desnudado una política exterior, a ojos republicanos, muy débil. Por otra parte, y no menos importante, Rusia ya se ha enfrentado a un movimiento con expectativas de establecer un califato en su propio territorio (Chechenia, Daguestán Ingusetia); conoce lo que enfrenta y sabe qué significa renunciar a esta lucha. En definitiva, es una lucha propia que Rusia ha asumido y que Europa todavía no asume. Rusia entiende que el riesgo es la renuncia a la soberanía, ni más ni menos. Es darle cabida a un actor ilegitimo en un sistema cuyas leyes y normas cada vez se vuelven más difusas y socavan el Poder y la capacidad de los Estados.


Este conflicto, que hoy se presenta regionalizado, lejos está de encontrar un final. Eso obedece a varios factores. En términos domésticos, no es una lucha simétrica en tanto y cuanto no existen dos bandos sino múltiples que responden tanto a liderazgos políticos, étnicos y económicos con frentes abiertos a lo largo de toda Siria. Esto puede representar una probable atomización del conflicto con el riesgo, muy grande, de perder control sobre las células en el campo de batalla. En términos religiosos se ha abierto un frente decisivo que puede alterar el equilibrio entre las interpretaciones coránicas enfrentando sunitas, chiitas, wahabitas y un largo etcétera. Y si algo debimos aprender de esto es que los conflictos religiosos (intrareligiosos, por ahora) no terminan rápidamente y pueden conllevar cambios domésticos en aquellos países que no transiten un desempeño efectivo en dicha competencia. Por otra parte, aquellos estados involucrados aun deben definir a ciencia cierta qué papel quieren jugar en el conflicto con grandes chances de delegar antes que de asumir grandes responsabilidades. Es decir, hay grandes chances de observar estrategias de buckpassing entre los estados europeos, con la excepción turca que parece más proclive a avanzar sobre posiciones kurdas. La gran incógnita recae en la estrategia norteamericana ya que también debe asumir el compromiso de una defensa a su aliado regional, Israel. Los vectores de poder que se habían establecido en Medio Oriente (hasta la caída de Hussein) corren el riesgo de modificarse sin saber a ciencia cierta quién se hará de la mejor porción; y la región, valga la ironía, no es lugar para jugar a la ruleta rusa. La tan mentada oposición siria, la otrora alternativa soñada, es un colectivo de indefiniciones e incertidumbres que no representan garantías a ningún actor. La estrategia norteamericana de armar a la oposición del gobierno de Al Assad terminó con deserciones múltiples y un gasto monetario grandísimo. La entrada de Rusia al territorio sirio ahora obliga a Estados Unidos y sus socios a pactar cada movimiento.


Las mejores alternativas posibles para el conflicto recaen en una resolución conjunta del Consejo de Seguridad, algo que parece lejos de lograrse mientras los norteamericanos sigan con el frente abierto en el congreso y la incertidumbre que les significa Rusia y el silencio chino. Con una Europa debatiéndose sobre las sanciones a Rusia por la mella económica que les significa y el invierno acercándose, es más factible que pase un tiempo razonable otorgándole mayor margen y rédito político a los rusos. A eso debe sumarse que tanto Rusia como los Estados Unidos deben mantener a raya a sus aliados regionales (Irán por un lado, y Arabia Saudita y los Emiratos por el otro) para no diversificar la toma de decisiones y atomizar el conflicto. Pero el claro perdedor será Siria, de eso no queda ninguna duda.

 

*http://www.publico.es/internacional/rusia-ampara-derecho-internacional-intervenir.html