Uno de los problemas más recurrentes en la política argentina durante los últimos años ha sido el del exceso discursivo.

La promesas planteadas durante las campañas electorales que no pueden ser cumplidas durante el mandato son una muestra de la poca planificación con la que hoy cuentan los candidatos y plantean el interrogante sobre la factibilidad de poder concretar el plan mediante el cual se ha accedido al gobierno.

En primer orden se debe entender que los cambios de signo partidario en la argentina desde el retorno a la democracia están precedidos mayoritariamente por crisis políticas y económicas que complejizan la situación social de un país, permitiendo virajes bruscos de políticas reconfigurando los sistemas que crean una “nueva elite” gobernante. Coloco comillas a la expresión nueva elite dado que la configuración de la misma surge en base a segundas líneas de los viejos detentores de poder, lo cual coloca a los individuos encargados de la reconfiguración del sistema en una posición precaria al momento de atacar las estructuras preexistentes debido a su compromiso con las mismas.

Estas crisis surgen a consecuencia de la inelasticidad de los modelos económicos al momento de tener que afrontar crisis externas, hecho que debilita su propia estructura interna generando un colapso no más que anunciado. Previo al colapso, aliados estratégicos abandonan la corriente gobernante erigiéndose como los principales opositores al mismo, actitud que resulta amortiguadora de la caída de imagen positiva y los sitúa en la vereda opuesta a la de aquellos que sin posibilidad de abandonarlo tanto por creencia como por necesidad intentan, en vano, rescatar aquello que ya ha caído por sus propias falencias.

En segundo orden se observa que previo a la caída de estos sistemas se da un proceso de profundización de los modelos en quiebre, radicalizando su discurso, culpando a cualquier externo al pensamiento propio de la caída de los principios que sustentaban el mismo. Esta radicalización le permite al gobernante buscar chivos expiatorios mas allá del arco político y económico y termina degenerando en un verdadero juego de concepción Schmidtiana; deriva en fricciones necesarias para poder abroquelar a los todavía fieles detrás de una filosofía que, si bien ya comienza su declive, todavía no se ha configurado como un fracaso.

Este tiempo extra que consigue, tanto la radicalización del discurso sumado a la negativa por parte de los gobiernos de modificar el modelo, tiene como objetivo mantener la situación en un stand by a la espera que las condiciones que generaron el deterioro de la misma se modifiquen permitiendo nuevamente un resurgir del modelo.

Explicando brevemente dos cuestiones que preceden a la asunción de un gobierno de otro signo político podemos observar primeramente la razón por la cual al erigirse como nuevo gobierno, los nuevos detentores de poder deben generar cambios bruscos tanto en la estructura política como en la económica de un país al momento de asumir.

En vista de una situación de crisis que día a día se deteriora, en la cual la respuesta por parte de los oficialismos es la profundización de un modelo en crisis y la polarización del sistema social en términos de amigo enemigo, no es de sorprender que las voces que se escuchan en campaña pretendan atrapar al electorados en base a un discurso basado en una sociedad que día a día se polariza. Las experiencias pasadas demuestran que dentro de un marco polarizado las opiniones comienzan a alejarse cada vez más del centro político de manera de poder diferenciarse de sus opositores, permitiéndoles crear una agenda propia que se desvincule totalmente de la anterior.

Ha demostrado la experiencia que sin un mínimo acuerdo sobre posturas centristas la configuración de modelos económicos y estructuras políticas se encontrarán siempre debilitadas por las tensiones que se generen desde afuera. Intentarán sabotear las políticas con una mayor radicalización lo cual generará una espiral descendente que no solo romperá las bases de los acuerdos sociales mínimos de convivencia sino que también atacara los pilares fundamentales en los cuales debe sostenerse cualquier sistema democrático.

Este complejo problema en el cual se sitúan los políticos es a su vez profundizado por estrategias de marketing político que, lejos de intentar calmar las aguas en base a una armonización de ideas, sólo plantean una mayor división en términos de posturas políticas.

Planteado ésto, no es raro esperar que las promesas surgidas durante una campaña terminen convirtiéndose en dolores de cabeza para aquellos detentores de poder ya que la situación planteada en campaña dista mucho de ser la real al momento de asumir sus cargos. Esta situación no sólo se plantea para los nuevos detentores de poder sino para aquellos que hoy detentan cargos, es difícil explicar los éxitos de una gestión en un momento de crisis apremiante sin que la gente reaccione violentamente. Porque más allá de los logros positivos que pueda tener cualquier gobierno, las crisis de los sistemas borran aquellos hechos y reconfiguran el pensamiento de la sociedad. En términos coloquiales, “no importan 5 años de crecimiento si seguido a ellos hay 3 años de estancamiento”. Por que en términos realistas, el crecimiento sostenido es una necesidad básica para el individuo y cualquier período donde el mismo se estanque económicamente o, para peor, que vea mermar sus capacidades, será tomado como un problema que se debe solucionar a la brevedad, sin importar los tiempos de la política”.

En este punto en particular es donde la falta de planeamiento se observa en mayor medida. Todos los planes de gobierno se presentan como soluciones a las problemáticas heredadas de gestiones anteriores y avizoran no sólo la mejoría del sistema sino que este hecho se mantendrá en el tiempo. Si esto sucede rápidamente, cualquier hecho generado por un gobierno será tomado como una victoria del nuevo modelo al cual se lo planteará como infalible. Pero ningún modelo político en su concepción plantea una situación en la cual los resultados a largo plazo sean negativos, razón por la cual al momento de encontrarse con un problema, que puede ser tanto interno como externo, pero que tenga repercusión a nivel nacional, no tendrán listas medidas preventorias.

Esta falta de planificación en términos de falencias del sistema es el punto más débil de la cuestión al momento de analizar los problemas discursivos y su efectivización en hechos y la razón por la cual la respuesta ante cualquier crisis implica una radicalización de los defensores.

Que algo haya funcionado en el pasado no implica que lo seguirá haciendo siempre y aquí es donde entra la mentalidad de un verdadero estadista que planifica a largo plazo, no solo tomando en cuenta las variables que lo beneficiarán sino también los posibles problemas que pueden surgir en el proceso, analizando cada caso y armando estructuras que permitan que durante los tiempos de economía negativa los descensos no sean tan pronunciados.

Quizás el problema surge de la propia concepción que posee el marketing político sobre aquello que se debe comunicar. Es más que sabido que los mensajes positivos atraen mayor cantidad de votantes, pero también ocultan la realidad en términos de cambios necesarios. Ningún sistema se cura con una pastilla mágica, y el proceso de restructuración siempre implicará gente que se beneficiara y gente que no lo haga. Pero si al momento de plantear la restructuración la mayor cantidad de individuos pudiera contar con la información necesaria, este proceso podría ser menos violento permitiendo a aquellos que así lo deseen reconfigurarse a los efectos de gozar de los beneficios del cambio y evitar ser sorprendidos por cambios de magnitud que los terminen afectando.